viernes, 26 de octubre de 2012

Araya en la historia

La Península de Araya en la historia fundacional de América Jesús Alberto Castillo jesacas@gmail.com Mucho se ha escrito sobre los orígenes de las Indias Americanas, esas tierras avistadas por el Almirante Cristóbal Colón en sus desafiantes viajes a finales del siglo XV. Cronistas de diversas épocas se han esforzado en narrar cada uno de los episodios que gestaron el sincretismo cultural en esta parte del planeta. Desde la conquista hispánica, la acogida y posterior rebelión de la población nativa, hasta los esfuerzos de los frailes dominicos y franciscanos para evitar el abuso y dignificar a nuestros aborígenes en su condición humana con plenos derechos, mediante las célebres leyes de Burgos. Hemos leído de matanzas indígenas en manos de los conquistadores, explotación desmedida y tráfico de perlas, pillajes y ultrajes a mujeres nativas; en fin, la leyenda negra de los colonizadores hispánicos por dominar nuevas latitudes. No es casual que tengamos noción de las odiseas de Colón y sus secretos sobre la inmensa riqueza perlífera a los Reyes Católicos, de los cabildos y ciudades fundadas, así como del proceso de evangelización iniciado en las Indias Americanas, tanto en las diversas islas como en tierra firme. Casi siempre la historia fundacional de este lado del convulsionado planeta está asociada a Santo Domingo, Cubagua y Cumaná, pero muy poco a esa zona geoestratégica que hoy comprende la Península de Araya y que jugó un papel clave en dichas efemérides. Colón encontró un mundo de perlas y sin resistencia indígena Francisco López de Gómara, cronista oficial de Indias por disposición real, en su libro “Historia General de las Indias” nos cuenta que “En el tercer viaje que Cristóbal Colón hizo a Indias el año 1498, que algunos señalan que fue en 1497, llegó a la isla de Cubagua que llamó de las Perlas. Allí permutó las perlas por cascabeles, pedazos de platos de porcelana con dibujos y otras bisuterías. Dejó Colón la isla y se acercó a tierra firme. Andaba mucha gente por la playa. Estaba la Costa cubierta de hombres y mujeres y niños que habían salido a mirar a los navíos, cosa extraña para ellos. El señor de Cumaná (el cacique de Cumaná) que así llamaban aquella tierra y río, envío a rogar al capitán de la flota que desembarcarse y seria bien recibido”. Aunque no lo señala el cronista, podemos inferir, a la luz de nuestros días, que Colón para ir de Cubagua a Cumaná tuvo que divisar la hermosa costa de la Península de Araya. Esa zona árida, poblada, en ese entonces, por Caribes, Guaiqueríes, Tagares, Coares, Cumanagotos y Chacopatas. Continúa narrando Gómara que los aborígenes hacían gesto de amor, más el capitán no quiso ir por temor a una emboscada, o porque los suyos quedasen allí al ver tantas perlas como en Cubagua. “Volvieron después muchos indios a las naves entraron en ellas y quedaron asombrados de los vestidos, espadas y barbas de los españoles; de los tiros, jarcias y obras muertas de las naves, y aún los nuestros se santiguaron y gozaron al ver que todos aquellos indios traían perlas al cuello y muñecas. Colón les preguntaba por señas donde las pescaban, ellos señalaban con el dedo la isla y la costa. Envío entonces Colón a tierra a dos bateles (canoas) con muchos españoles y verificar aquella riqueza. Para hacer más atractivo el episodio el cronista destaca que “El señor los llevó al lugar, una casa redonda, donde los sentó en unos banquillos muy labrados de palma negra. Se sentó también con él un hijo suyo y otros aborígenes que debían ser caballeros (autoridades). Trajeron luego mucho pan y frutas de diversas clases que no conocían los españoles. Trajeron razonable vino tino y blanco hecho de dátiles, granos y raíces. A continuación les dieron perlas en colación por confites”. Si nos apegamos al cronista podemos observar que nuestros aborígenes fueron buenos anfitriones, contrario a esa visión dominante que se ha querido vender con la bendita “resistencia indígena”. Lo interesante del asunto es que Colón y sus hombres se encontraron un territorio rico en perlas. No solo Cubagua, Margarita y Coche, sino las costas de Cumaná y de toda la Península de Araya que se abrían ante la mirada extasiada del Almirante. Un náufrago le informó hace tiempo a Colón de las costas de Araya El cronista José Mercedes Gómez en su libro “Historia de los orígenes de Cumaná” (1992:43) hace referencia al investigador Juan Manzano Manzano, quien tiene la tesis que “antes de Colón, un piloto o capitán de una nave portuguesa o española que realizaba un viaje por la costa de África, a causa de una tormenta equinoccial fue a parar arrastrado por los vientos a la costa de Paria. Repararon la nave y, recorriendo el litoral Paria-Araya, descubrieron la masa continental de la actual América del Sur hasta la región de Cumaná, reconociendo la isla de Margarita, los islotes y costas adyacentes”. Al regresar a la península ibérica, aprovechando los vientos y las corrientes, una nueva tormenta los arrojó hacia la isla de Madera, donde el diezmado y agonizante marinero puso en conocimiento a Colón - quien para ese entonces residía en esa isla porque su suegro era el Gobernador- de informes verbales y mapas de las tierras e islas halladas. La hazaña de este náufrago era conocida antes del descubrimiento y es citada por varios cronistas. Con dicha información, Colón emprende la aventura de hallar nuevas tierras. El propio Manzano Manzano en su libro “Colón descubrió América del Sur en 1494” dice que “el Almirante, luego de regresar a la Española en su segundo viaje en 1493, envió una flota de cinco carabelas, a fines de dicho año comandada por su hermano Bartolomé hacia el sur. Conocía Colón la existencia de esas tierras e islas por una información anterior al Descubrimiento y la ratificación que sobre dicha existencia le comunicaron los habitantes de las islas caribeñas”. Después de tres meses de travesía Bartolomé regresó a la Española ratificando la existencia de nuevas tierras e islas y su gran riqueza perlífera. Eran las costas de Cumaná, Araya, islas de Margarita, Coche y Cubagua. La fundación de Cumaná está en deuda con Araya En su libro “Los fundadores de Cumaná”, Ramón Badaracco nos relata que la fundación de dicha ciudad está ligada íntimamente a la vida y obra de Fray Pedro de Córdoba. Aunque el cronista señala que este último personaje, el Vicario de América, escogió dos pueblos misioneros en Tierra Firme, Cumaná y Chiribichi (Santa Fe), esa iniciativa nunca se hubiera realizado sin la presencia del suelo arayero. Precisamente la privilegiada ubicación geográfica de la península pudo permitir que pedro y sus frailes msioneros acamparan antes de llegar a ambos poblados. Para probar lo expuesto, revisemos un fragmento del texto “Historia de las Indias”, cuyo autor es Fray Bartolomé de Las Casas, que reza: “Salidos de aquesta isla (La Española) el padre dicho y el clérigo – Montesinos y Las Casas- el padre fray Pedro de Córdoba prosiguió su viaje. La expedición (tercera) salió con cuatro o cinco religiosos de su orden, muy buenos sacerdotes, y un fraile lego, también con los de San Francisco, los cuales puestos en tierra firme, a la punta de Araya, cuasi frontero de La Margarita, desembarcáronlos con todo su hato y dejáronlos allí los marineros. Los franciscanos y dominicos hicieron muchas y muy afectuosas oraciones y ayunos y disciplinas, para que nuestro Señor los alumbrase donde pararían o asentarían y, finalmente los franciscanos asentaron en el pueblo de Cumaná, la última aguda, y los dominicos fueron a asentar diez leguas abajo, al pueblo de Chiribichi, la penúltima luenga, al cual nombraron Santa Fe”. De acuerdo a lo narrado por Las Casas observamos que Punta Araya fue centro de operaciones estratégicas que le permitió a Pedro de Córdoba divisar las costas cumanesas antes de distribuir la acción fundacional tanto en Cumaná como en Santa Fe. En suelo peninsular acamparon y se protegieron de la intemperie. Oraron con fervor cristiano para tener éxito en su acción misionera. Abilio López en su libro “Fray Bartolomé de Las Casas. La luz golpe y aturde” así lo ratifica: “en Punta Araya los franciscanos se deciden por Cumaná y los dominicos por Chiribichi. Eran los últimos meses del año 1515”. Así comienza una nueva etapa en la historia de Tierra Firme: la fundación de Cumaná. El suelo arayero, separado pero muy cerca de Cubagua La primera organización política de nuestra historia fue Cubagua o Nueva Cádiz, nombre último que le fue designado en 1528, oficializada como Ciudad con Título y Escudos de Armas. “Ella es isla seca, árida y desierta, no era apta para la vida de multitudes. De vegetación desértica y de fauna adaptada a ello, carecía de fuentes de agua dulce. Contados pozos de agua salobre, residuos de lluvias, servían para aplacar la sed de reptiles, batracios escasos. Conejos adaptados a la infértil vegetación y a la escasez de agua, eran los cuadrúpedos que vivían, y algunas cabras dejadas allí rumiando cactos y cualquier otra planta xerófila que formaba su escasa y típica flora” (Gómez, 1992). Esas características están presentes en el suelo arayero, sabor a sal y con un sol inclemente. El terruño peninsular comparte la misma historia de Cubagua y no puede ser soslayado de los orígenes de nuestra América. Ambas localidades fueron escenarios de los indios chacopatas, excelentes pescadores y guerreros. Araya forma parte de esa efeméride universal, resumida en el encuentro de dos mundos. Igualmente, sirvió de asiento a la misión evangelizadora de Pedro de Córdoba, el gran fundador de Cumaná.

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